La vuelta de David Robert Mitchell ha sorprendido gratamente a sus fans, así que, en La Jungla, hemos pensado que era necesario dedicarle algo más que una crítica o una reseña a su última película: un dossier que desglosara su corta, pero muy notable, filmografía.
De The Myth of the American Sleepover a It Follows
Es prácticamente imposible no hablar de las otras películas de David Robert Mitchell para comprender todo el recorrido de su filmografía. El escenario escogido para The End of Oak Street ya ha servido como fuente de inspiración y entorno de otras de sus películas.

Sin ir más lejos, corría el año 2010, cuando el bueno de David nos traía The Myth of the American Sleepover, donde asistimos a una película coral en clave coming of age, en la que una vez mas el telón de fondo es el instituto, pero, como el propio título de la película indica, todo gira alrededor de la noche de fiesta de final de verano y de la vuelta al instituto y al nuevo curso.
Sus diferentes integrantes pertenecen también a un suburbio de clase media. El film en si respira pura nostalgia a esa época y sigue utilizando a día de hoy la misma formula con la que se dio a conocer en su primera película, chavales de instituto, con el escenario de fondo suburbano. Eso es lo que gira entorno a The myth of the american sleepover, un par de integrantes del grupo de baile del instituto, que acaban de pasar a la secundaria, y que intentan colarse a la fiesta de final de verano, en paralelo tenemos al típico chaval quinciañero, que pasa el verano con sus colegas con los que también organizan una quedada en casa de uno de ellos, y que cree haber encontrado ese primer amor, que no ha dejado nunca de buscar y que acaba dándose cuenta que siempre lo ha tenido delante y además llamando a su puerta, otro personaje experimenta esa vuelta a casa después de estar tiempo fuera, estudiando en la universidad, que se sorprende tras revivir viejos recuerdos al caminar por los pasillos del colegio al que solía ir, para ir a recoger a su hermana, al que los recuerdos y viejas amistades le hacen querer recuperar el tiempo perdido.
En resumen todos los ingredientes necesarios para un cuento coral acerca de la madurez.

Pero no fue hasta la siguiente película de David cuando ganaría el estatus de director revolucionario dentro del género del terror. En 2014 nos trajo It Follows, y todos entendimos que el terror estaba cambiando. La película se dio rápidamente a conocer en el recorrido de los festivales de cine de género, siendo ganadora de 25 premios y optando a más de 44 nominaciones.
Si bien es sabido que siempre ha existido el terror de bajo presupuesto, la serie B o como se le quiera llamar, la mayoría de las veces este tipo de cine se filma pensando a lo grande. Pero precisamente con la escasez de presupuesto y medios que bien define a la serie B, el tema es conseguir conservar ese espíritu, o la esencia, más bien, de esa corriente cinematográfica, pero la clave está en ser realista con los medios que se poseen y no pensar en tu película más allá de ellos, sino salvarla de manera creativa. Y es ahí donde reside la revolución que marcó It Follows: una película de terror de bajo presupuesto, pero con una idea original y única. Aunque, a la vez, no tan única, ya que le debe muchísimo a Ringu (1998), la película de Hideo Nakata, que en ese entonces revolucionaba el genero, y que el argumento giraba en torno a una cinta de VHS que si llega a tus manos y, si la reproduces, siete días después acabas muriendo. El tema de cómo te llegó la película no se sabe y se desconoce cómo ponerle remedio, salvo haciendo una copia de ella.

La premisa de It Follows en sí, es, por así decirlo, una enfermedad venérea que te contagias y que hace que una entidad en forma humana, que solo tú puedes ver, te persiga adoptando diferentes identidades. No corre hacia ti: simplemente te persigue caminando lentamente hasta alcanzarte y matarte. El film nos presenta a Jay, (a quien interpretaba por ese entonces una desconocida Maika Monrow, ( que tiempo después pudimos ver el Indepence day Insurrection y Longless ), que acaba de contagiarse y a quien ademas le explican que ha de acostarse con otra persona para así legar y deshacerse del contagio. Dicho argumento principal podría llevarse a la saga de Smile, de Parker Finn, donde la presencia de una entidad cósmica persigue al huésped contagiado y también únicamente este puede verla. Sí que es verdad que la diferencia entre una y otra radica en que las dos últimas están más ligadas a los jumpscares y los sustos repentinos. It Follows, en cambio, recupera completamente la necesidad de no mostrarte constantemente al monstruo, y lo hace además de manera magistral, utilizando planos con gran profundidad de campo para crear todavía más tensión, ya que el monstruo puede ser cualquier persona.


También se puede decir que ha inspirado a películas como The Backrooms, en cuanto a los movimientos de cámara, que también son lentos y donde hay grandes espacios que envuelven a los personajes, aunque de manera distinta. Si bien los personajes de It Follows se mueven por los espacios de los barrios y las casas suburbanas de clase media, en The Backrooms los personajes escapan de espacios vacíos de oficinas o de espacios vacíos que han de atravesar o de los que han de escapar, bautizados hace poco como espacios liminales. Aun así, con su originalidad y todo, no sería lo mismo ninguna de estas cintas sin la influencia clara de la segunda película de David Robert Mitchell.

Sin ir más lejos, una película de este año, Leviticus, de Adrian Chiarella, trata esta idea también de manera magistral. Vuelve a ser una pequeña comunidad dentro de un suburbio. Los protagonistas vuelven a ser adolescentes en el entorno de los pasillos del colegio y los exteriores rurales, con la diferencia de que, en este caso, es una comunidad obrera y apegada al fanatismo religioso, lo que particularmente lo hace aun mas interesante, ya que es de ahí de donde proviene esta entidad, desde más allá de los límites que hacen que este tipo de movimientos se conviertan en una secta. Chiarella critica además los movimientos religiosos de conversión o corrección sexual, llevándolo al terreno rural y criticando así más de una conducta social juiciosa y, a su vez, colectiva. Una película más que a tener en cuenta, que ha llamado mucho la atención de público y crítica y en la que, una vez más, el monstruo es visible solo para los «tratados»en este caso.
Dicho todo esto, a manera de síntesis, se podría decir que It Follows no inventó el terror sobrenatural ni el concepto de maldición contagiosa, pero sí fue una de las películas fundamentales para redefinir la manera en que el terror contemporáneo podía representar una amenaza persistente, invisible y prácticamente inevitable.
Su influencia puede rastrearse en películas como Smile, Smile 2 y la recientemente citada Leviticus, así como en el auge posterior del terror liminal asociado a fenómenos como The Backrooms.
Under the Silver Lake: el cine negro de David Robert Mitchell
Ya para tener más aún en cuenta, está su tercera película, Under the Silver Lake (2018), donde cambia completamente de registro hacia un neo-noir, mezclando de manera hasta delirante la comedia negra con el cine negro para, finalmente, aderezarlo con algunos tintes del surrealismo que podemos encontrar en las obras de David Lynch.

Todo ello dentro de ese mismo entorno de Los Ángeles, aunque más centrado en el submundo que esta ciudad esconde, que en el famoso y conocido mundo de las estrellas. La película sigue a Sam (Andrew Garfield), un joven de 33 años, desempleado y bastante perdido, que vive en Los Ángeles y queda completamente fascinado por su vecina Sarah (Riley Keough). De pronto, de la noche a la mañana, ella desaparece. Esto hace que Sam comience una búsqueda imparable y se adentre en una investigación de lo más poco común, que termina transformándose en una conspiración repleta de paranoias. Y es ahí donde empiezan a aparecer códigos ocultos, canciones con mensajes ocultos, asesinatos, vagabundos y todo el submundo de Hollywood, incluyendo una secta. Todo sucede en un escenario en el que las pistas parecen encajar como un rompecabezas. A su vez, queda abierta la idea de que todo esté en la cabeza de Sam y, por otro lado, la posibilidad de que todas las paranoias derivadas de las conspiraciones sean ciertas. Eso es lo que hace cada vez más atractiva esta rareza de film que une más de un género a la vez, convirtiéndose así en culto instantáneo.

Andrew Garfield es una especie de detective actual, por así decirlo, y desempeña muy bien este rol, que precisamente lo alejaba de su papel de Spider-Man. Sin ir más lejos, la película hace una broma con ello y lo consigue hacer muy bien. Mitchell consigue la hibridación perfecta, una vez más haciendo homenajes casi directos a directores, películas y escenarios que le convierten en el director de cine de género que es.
La película rinde homenaje claramente a uno de los genios del cine, Alfred Hitchcock, y a su película La ventana indiscreta (1954), así como a Vértigo (1958). También recibe influencias directas de películas como El largo adiós (1973), de Robert Altman, y El gran Lebowski (1998), de los hermanos Coen, mezcladas con toques del cine negro de Raymond Chandler y El sueño eterno, adaptada por Howard Hawks, quien dirigió magistralmente a Humphrey Bogart en el papel de Philip Marlowe. De quien podríamos decir que Sam es como una copia, pero sin ser un detective tan clásico, sino un joven de treinta años, desempleado y desubicado, en una especie de sueño del que no se puede despertar.



Rindiendo homenaje así también a películas como Mulholland Drive (2001), de David Lynch, por su representación de Los Ángeles y por el surrealismo visual del que recibe claras influencias. Se podría añadir también la influencia literaria de Thomas Pynchon, especialmente de La subasta del lote 49 y Puro vicio, novela que posteriormente adaptaría Paul Thomas Anderson en Inherent Vice (2014). En definitiva, es neo-noir, thriller, comedia negra, conspiración y surrealismo, pero también una película sobre la obsesión por encontrar significado en una cultura saturada de imágenes, canciones, símbolos y referencias. A lo que el protagonista está enganchado y mueve fichas desde allí. Las influencias son enormes y notables en su ejecución.
The End of Oak Street: el gran homenaje

Resulta prácticamente imposible hablar de su nueva película sin antes hablar del gran homenaje que realiza. La nueva película de David Robert Mitchell es un canto y homenaje no solo al director de E.T., sino a todas las películas de género de los 80 que incluyen el suburbio de clase media americano, la familia aparentemente perfecta y los padres que supuestamente no tienen ningún problema.

En este caso, interpretados por unos más que sólidos Ewan McGregor, que da vida a Greg Platt, un padre de familia muy preocupado por todos los suyos y que hace malabares para llegar a fin de mes, y Anne Hathaway, que interpreta a Denise. Una ama de casa, que en sus horas libres escribe. El personaje de Denise se desenvuelve sin problemas, llevando un desarrollo de personaje más que bien trabajado, donde pasa de ser la madre que no está conforme con los intentos que se dan con su marido a convertirse en cabeza de familia, afrontando todo tipo de situaciones extremas.
A ellos se suman la hermana inteligente, que está a punto de irse a estudiar a la universidad, y el hermano que a dar vueltas con sus colegas en sus bicis BMX.Tanto Maisy Stella como Christian Convery cumplen en su papel de hijos, pero, sin lugar a duda, el miembro más adorable es Starbuck, el perro.
La película está repleta del humor negro que define las obras de David Robert Mitchell. Mención especial a ese momento en que una familia sale de casa, mientras una niña canta la canción de Los Picapiedras, muy en tono con esa familia del Cretáceo y con la animación infantil de la época en la que se ambienta la película.
Los dinosaurios han recibido la actualización que antes se desconocía, pero que hoy en día se ha considerado, como, por ejemplo, el pelaje y el plumaje de algunos ejemplares, así como un aspecto más cercano al de las aves. Esto supone una diferencia con la saga de Spielberg, que retrataba a unos dinosaurios más lampiños, por así llamarles, y con otra fisonomía. El CGI es el necesario para una película de esta envergadura y que apunta más hacia el blockbuster, pero sin hacer un excesivo abuso de ello.


Jurassic Park y The Lost World
Pero ya adentrándonos en el terreno del homenaje directo, alto y claro, que hace a Steven Spielberg y Jurassic Park, me acuerdo de que era el año 1993, cuando a los doctores Alan Grant y Ellie Sattler, interpretados por el inmortal Sam Neill y la incomparable Laura Dern, les informaban, mediante una visita sorpresa del billonario John Hammond, a quien daba vida el también director Richard Attenborough, de que, si les acompañaban a ver su parque, les financiaría el total de sus estudios. Sin resistir la tentación, los doctores acceden y, junto al matemático Ian Malcolm, interpretado por Jeff Goldblum, nuestro grupo de científicos parte hacia dicho parque.

Resumo todo esto, ya que la premisa de Jurassic Park es esa: un grupo de científicos que hacen de alpha testers en el parque, hasta que todo se tuerce y la película se torna en una vorágine persecutiva, incluso con tintes de horror, todo conducido de manera única y con ritmo trepidante por el bueno de Steven. Eso viene a ser también la esencia de Jurassic Park: dinosaurios traídos a la vida por un grupo de científicos sin miedo al límite, todo financiado por un billonario excéntrico que quiere traer de vuelta a la vida a los dinosaurios en forma de parque temático.
Pero no sería hasta la segunda película de la saga de los dinosaurios cuando veríamos la set-piece a la que homenajea directamente The End of Oak Street. Cuatro años después, en 1997, nos llegaría la secuela directa de Jurassic Park, The Lost World: Jurassic Park, que injustamente recibe y acumula a día de hoy más malas críticas que buenas, a diferencia de este redactor, que no siente más que admiración por esta secuela.
Y es que, si la primera se atrevía a mostrarnos lo que sería juntar seres humanos de la actualidad con criaturas del Cretáceo, la película lo conseguía y con creces. Pero, una vez más, teníamos a un grupo de científicos en forma de expedición y rescate, más otra avanzada de cazadores y científicos en busca de ejemplares.
No sería hasta la set-piece del final, la del tercer acto de El mundo perdido, cuando aparecería aquello que llamaría particularmente la atención a David Robert Mitchell y que hoy nos tiene analizando la vuelta al cine de este director.

¿Qué pasaría si esta vez los dinosaurios vienen a visitarnos a nosotros, a nuestro núcleo urbano?
Después de que Roland, el cazador a cargo del grupo que buscaba ejemplares vivos, informara a Peter Ludlow, jefe de la expedición, nuevo cabecilla de InGen y sobrino de John Hammond, de que había dado con un tiranosaurio y su cría, esta última, razón principal de dicha expedición, comienza a tomar forma el verdadero objetivo: reabrir un nuevo Parque Jurásico, pero esta vez en San Diego, no en la ficticia y remota isla Sorna, donde los dinosaurios campaban a sus anchas.
Dicho germen brotaría completamente en la nueva saga liderada por Colin Trevorrow, Jurassic World, pero no llegaría hasta el final de su segunda entrega, Jurassic World: Fallen Kingdom, dirigida por J. A. Bayona, cuando volveríamos a juntar a humanos y dinosaurios en el mundo actual. Sin duda alguna, una de las peores de las dos sagas y con diferencia.
Pero volviendo al tema principal, ese fue el límite que cruzó Spielberg y la clave de lo que quiso hacer, pero que no se entendió en su tiempo y que sigue sin entenderse. De ahí las críticas negativas. Dinosaurios en la urbe. Y no cualquiera: casi el rey, podría decirse, el tiranosaurio rex.

Poder ver corriendo a este dinosaurio en particular al lado de un autobús, recuerdo que me tenía saltando de la emoción en el cine. Recuerdo que le di las gracias a Steven por semejante avalancha de emociones, ya que siempre fui fan de los dinosaurios desde pequeño.
Siempre los quise ver en la ciudad y parecía que él había escuchado mis plegarias. Poder verlos finalmente en medio de la ciudad y del caos que ello sembraría me hizo ir a disfrutar más de cinco veces al cine esta secuela, para muchos muy inferior a la primera y, para mí, única en el género. Pues, de la misma forma, le doy las gracias a David Robert Mitchell, porque me parece que él también brincaba de alegría con el tercer acto de El mundo perdido.
El hecho de dedicarle una película completa, en clave de homenaje a ese tercer acto, es prueba de ello y de cómo ha influenciado en su cine. Y, por último, esa es la razón que hoy nos trae aquí.
El regreso de David Robert Mitchell
Ocho años separan su última película de la recién citada Under the Silver Lake, y esa es una de las razones que nos trae aquí. Solo podemos decir que la vuelta de este director al género ha sido más que una gozada. Para los amantes del cine ochentero, muy de moda ahora por Stranger Things, como todos creen, pero, en verdad, Stranger Things lo que hizo fue terminar de traer de vuelta el espíritu ochentero del que hablábamos con anterioridad.

Y eso se le debe completamente a un director y una película en concreto. Hablamos, sin duda alguna, de la inigualable Super 8 (2011), película de declaración absoluta al género y al director con el que abríamos este dossier: Steven Spielberg. A quien, en este caso, rinde homenaje directo J. J. Abrams. Fue el señor Abrams quien en verdad trajo de vuelta a los 80s, y poco se habla de ello. Además de ser guionista y productor, hace de director. Precisamente, el director al que rinde homenaje directo con la película, E.T., es también su productor, así que todo está realmente interconectado.

Por eso no es de extrañar que J. J. Abrams ejerza de productor en The End of Oak Street. ¿Por qué no rendir homenaje también al Maestro? Y es lo que realmente es la última película de David Robert Mitchell: discípulos o alumnos enseñándole al maestro o profesor cómo ha sido aprender de él.
Porque, más allá del homenaje directo a un tipo de cine en concreto, es un homenaje a esos días de verano, a esa época mágica en la que aún salíamos a la calle siendo niños y en la que todavía veíamos películas en familia en formatos analógicos los fines de semana, no en plataformas digitales.
Eso es lo que David Robert Mitchell y J. J. Abrams han traído de vuelta. O, más bien dicho, lo que siguen trayendo de vuelta.
