Las Arcadias revisitadas

Hay textos que uno busca escribir. Y otros le buscan a uno para que sean escritos. El que incorporo aquí cumple ambas condiciones, porque rinde cuentas con mi pasado, equilibrándolo, y porque la necesidad de plasmarlo por escrito era ya urgente e inaplazable.

La única patria que debería importar de verdad es aquella en la que conseguimos, de niños, ser genuinamente felices. No siempre confluyen las condiciones idóneas para ello, pero cuando las piezas correctas se ensamblan de manera inequívoca alcanzan una masa crítica cuya deliciosa explosión tiene una onda expansiva que recorre en diagonal toda la vida de la persona, llegando en ocasiones a trazar una hoja de ruta más o menos clara, una referencia. Un faro que alumbra en las negras noches de esta estafa denominada «mundo adulto», tan llena de postureo, estupidez y seriedad improductiva.

Reivindico el regreso a la Arcadia personal que más le resonó a cada uno, no como evasión o escapismo, sino como muy sensata resintonización de una emisora que sigue emitiendo incansable, de manera nítida y con un ancho de banda enorme. Reivindico regresar siempre a ella porque es fuente inagotable de placer y sabiduría.

Estas líneas —que bien pueden sonar algo rimbombantes, pero es lo que tiene escribir de manera directa, tal cual va fluyendo— bien podrían preludiar un sesudo análisis sobre las Grandes Verdades que uno va descubriendo cuando es niño… y es un placer enorme poder afirmar que, no, de ninguna manera. Ya hay muchas líneas escritas al respecto, tan impecables como rigurosas, tan serias y tan llenas de gravedad.

Estas líneas apuestan por la subjetividad enorme de un frikillo que tuvo la inmensa suerte de vivir una infancia a finales de la década de los 70 y a comienzos de los 80, donde había muchos menos estímulos que hoy en día, pero, en contrapartida, un efecto de poso, de perdurabilidad, de tiempo para procesar lo que le impactaba a uno… algo que está en las antípodas de los tiempos actuales, donde todo es cada vez más líquido, más efímero. Donde «enero» es el pasado remoto de «diciembre», aunque ambos meses compartan el mismo año.

La Arcadia que insto a revisitar es la de las series de animación que descubrí en la aún precaria Televisión Española y en la muy superior televisión francesa. Mi ADN resuena especialmente con la space opera, la ciencia ficción y el steampunk… y tuve todo eso gracias a unas series que aún a día de hoy no paro de evocar y revisar una y otra vez.

«Claro, porque te quedaste anclado en el pasado» / «Lógico, porque no has madurado» / «Síndrome de Peter Pan, ¿te suena de algo?» / «Ufff, una batallita más de un pureta nostálgico»…

Algún lector habrá que piense así. Y le comprendo, de verdad. Y respeto su punto de vista, por supuesto, con la misma tranquilidad con la que afirmo que, si piensa de esa forma, es alguien que no solo no ha reconectado con su niño interior, sino que además no disfruta por los típicos prejuicios que lastran a tantos y tantos adultos.

Desde la noche de los tiempos necesitamos que nos cuenten historias, porque necesitamos disfrutar con ellas, aprender de ellas, vivir muchas más vidas en una sola. Necesitamos extrapolar, cotejar, empatizar, imaginar… mimbres básicos para construir la mejor cesta posible con la cual podamos desenvolvernos en esta extraña aventura gráfica de absurdas reglas denominada «vida».

Las primeras historias que me aportaron eso fueron las series —cuyos títulos traduzco del francés— Capitán Harlock (1978-79), Ulises 31 (1981-82), Las misteriosas ciudades de oro (1982-83), Space Adventure Cobra (1982-83), Sherlock Holmes (1984-85) y Jayce y los guerreros con ruedas (1985). Omito luminarias que también disfruté mucho, como Mazinger Z (Goldorak en Francia) o La batalla de los planetas, por acotar el texto.

El hilo conductor de todas estas series es el sentido de la maravilla, el gusto de la aventura por la aventura, la evocación sin límites. Cuando la mayoría de las páginas del cuaderno de tu vida están aún en blanco, recibir una abundante dosis de ese maná te hackea el cerebro para siempre, porque te conecta a tu Arcadia más personal e intransferible. Geografías vitales que cartografían una vida que se enriquece sobremanera gracias a ellas.

En aquellos lejanos tiempos en los que el día a día no estaba regido por la líquida vorágine de la conexión permanente a unos datos en streaming, donde la privacidad era abundantísima, no existían móviles ni sensación de estar controlados por los miles de tentáculos que buscan monetizar los vectores vitales de la ciudadanía, descubrir ese paraíso en la televisión era cruzar un portal dimensional que daba acceso a un universo gigantesco. Nada mal para un jovenzuelo que no llegaba a los 10 años de edad…

Nada de esto puede reducirse a la palabra «nostalgia». Es mucho, muchísimo más. Es reconocer el núcleo mismo de una cebolla cuyas capas comienzan a acumularse de manera sensata y procedente, conformando y cincelando una personalidad, una forma de ver y vivir la vida. Y esto es algo francamente importante y resonante.

Las seis series que mencioné nacieron, así, entre finales de los años setenta y mediados de los ochenta, aunque algunas tienen raíces anteriores y no siempre coincidieron sus emisiones internacionales. Pero, de una manera u otra, todas participan de la extraordinaria expansión de la animación japonesa en Europa occidental. La llegada del glorioso anime Akira, de Katsuhiro Ôtomo, culminó a finales de los ochenta un desembarco que había tenido lugar en todo su esplendor durante los primeros ochenta. En España, Akira llegaría a los cines en 1992.

Los más viejos del lugar reconocerán parte de lo que voy a exponer a partir de ahora. Los lectores más jóvenes podrán levantar acta de unos artefactos audiovisuales que conviene no denostar por tener varias décadas de antigüedad. Porque ese es uno de nuestros muchos males actuales: descartar lo más antiguo a favor de una novedad constante donde solo se conjuga el tiempo verbal del presente —siendo el futuro su combustible, y no existiendo el pasado por considerarse caduco—.

ARCADIA 1 – Capitán Harlock: el más grande de los ronins

Comenzamos este recorrido por las seis Arcadias con una serie fundacional muy importante. La serie japonesa original se emitió entre 1978 y 1979, tuvo 42 episodios y fue producida por Toei Animation bajo la dirección de Rintaro, a partir del universo creado por Leiji Matsumoto.

Un hombre ha elegido vivir al margen de una sociedad acomodada, complaciente y aparentemente incapaz de comprender la amenaza alienígena que se aproximaba. Pilota su nave, la Arcadia —imposible un nombre más adecuado—, que es mucho más que un vehículo. Es hogar, refugio, fortaleza y declaración de principios. Y, cuando lo necesita, es el más potente de los arietes y el enjambre más colosal de cañones.

El motor de Harlock no es ni el dinero ni el prestigio. Tampoco recibir órdenes de nadie. Decide estar despierto cuando los demás duermen de manera deliberada. Es un Neo que es capaz de ver la Matrix que le rodea, no dejándose engañar por ella.

La serie es mucho, mucho más que aventuras en un contexto de space opera. Apela directamente a la solitaria resiliencia de un héroe que decide guiarse por la dignidad, por la causa justa. Y lo hace a la manera romántica, solemne y, en ocasiones, muy triste.

Visionar la serie de Harlock a una edad temprana le galvaniza el cerebro al espectador, porque a todo lo hasta ahora expuesto se le suma un despliegue visual arrebatador, tan extraordinario que llega a provocar síndrome de Stendhal, porque la serie entera tiene un estilazo insólito que te atrapa sin remedio, junto a su melancolía y rebeldía. Es la antesala perfecta, el lienzo ideal donde ir conformando el dulce palimpsesto de Arcadias mentales que hacen que la vida merezca muchísimo la pena.

ARCADIA 2 – Ulises 31 o la Odisea de Homero puesta al día

Trasladar una de las obras más épicas de la antigüedad al siglo 31… puede funcionar bien tan estrambótica idea? Sí. Extraordinariamente bien.

Coproducción franco-japonesa-luxemburguesa de DIC Audiovisuel y Tokyo Movie Shinsha, con 26 episodios. La premisa es muy sencilla: el hijo de Ulises es secuestrado por el cíclope, resultando su rescate en la muerte de la mitológica criatura… y en la condena para Ulises y su tripulación de vagar por los enormes confines del Olimpo, no pudiendo regresar a la Tierra.

Bien podría haber sido una simple adaptación futurista, un cambiarle el collar al mismo perro —opción que tampoco habría sido del todo mala, pero que habría sido más previsible—, pero, en lugar de eso, se creó una increíble fusión de elementos cuya equilibradísima mezcla funciona de perlas: a una atmósfera inimitablemente evocadora se le une un catálogo de mundos retrofuturistas donde cualquier intento de datación fiable fracasa sin remedio, surcados por la icónica nave Odiseus, que pilota Ulises con la ayuda de la IA de a bordo, Shyrka. De tamaño colosal, es casi un ecosistema vital que funciona a la vez como refugio y prisión. Y está dotado de una tecnología en forma de naves y robots de exquisito diseño atemporal. Su pátina es ochentera, por supuesto, pero estamos ante diseños funcionales, irresistiblemente bellos.

Y los dioses del Olimpo han heredado de la obra original de Homero su arbitrariedad y crueldad. Algunos tienen un extraño código de honor, otros están estragados por trágicas circunstancias, unos pocos ayudan de manera desinteresada a Ulises, pero la mayoría busca darle caza.

Y todo esto funcionaba porque la serie trataba su propia mitología con absoluta seriedad. No necesitaba convertirla en una parodia. No necesitaba explicarlo todo. Podía presentar un planeta, una criatura o una entidad cósmica y dejar que su misterio permaneciera, sin necesidad alguna de tener que explicarlo todo. Mostrar, no desvelar. Uno de los enormes aciertos de Ulises 31, junto a no mostrar el futuro para dejar atrás el pasado, sino para retroalimentarlo en una fascinante cinta de Moebius sin principio ni final.

Con unas arquitecturas imposibles que habrían hecho las delicias del grandísimo ilustrador M.C. Escher, en un contexto aventurero, épico y con una perspectiva adulta, y una banda sonora icónica, para enmarcar… Ulises 31 tenía todos los boletos para ser el inmenso clásico atemporal que es. No edulcora ni infantiliza al espectador, lo cual ha hecho que haya envejecido muy bien.

Urge rescatarla, remasterizarla, editarla como se merece en formato Blu-ray, cuidarla como la enorme joya que es.

ARCADIA 3 – Las misteriosas ciudades de oro: la aventura total

Nos alejamos de los mundos espaciales para vivir en la Tierra una de las historias que más y mejor se han incrustado en mi sinapsis neuronal. Una serie cuyo motor narrativo es una incansable curiosidad. Estrenada en 1982 y compuesta por 39 episodios, fue una coproducción franco-japonesa-luxemburguesa vinculada a DiC y Studio Pierrot. La historia sigue a Esteban, un joven español que viaja hacia el Nuevo Mundo en busca de su padre y de las legendarias ciudades de oro, cuya leyenda fue fuente inagotable de desgracias para quienes creyeron en ella.

La serie comienza teniendo un contexto histórico de lo más plausible. Estamos en plena era del «descubrimiento» de América por Cristóbal Colón. Pero eso solo es el contexto, porque el delicioso mordisco del fantastique comienza abriéndose paso, poco a poco, de manera firme e inexorable, y dosificada al milímetro para causar la mejor impresión posible en el espectador.

Aquí el mundo puede llegar a ser como el espacio exterior: un lugar enorme no cartografiado del todo. Y Esteban, junto a los amigos que va haciendo en el transcurso de una aventura inolvidable —Sia, Tao y Mendoza—, va a descubrirlo junto al espectador, que se rinde sin remedio ante los tres ases bajo la manga que atesora esta proeza audiovisual transmutada en serie:

1. El «solarpunk» que nos descubre la serie: gigantescos artefactos antiguos que se mueven alimentándose del sol, con un derroche de sentido de la maravilla que hace que la primera vez que uno contempla esas maravillas de precioso diseño abra la boca para no cerrarla largo rato.

2. El urbex —exploración urbana— de recintos largo tiempo abandonados, de cuya existencia poco o nada se sabe, al más puro estilo de las maravillosas descripciones de Arthur C. Clarke en su imprescindible libro Cita con Rama. La serie no lo muestra todo, solo abre un poco la puerta para que atisbes una mínima parte de lo que atesora…

3. Una banda sonora icónica que baña y realza lo comentado en los dos aspectos anteriores.

Todos estos ingredientes están mezclados de manera muy equilibrada, vehiculando una entretenidísima historia tan bien contada como bien cerrada en su final. Es imposible resistirse al encanto y sentido de la maravilla que derrocha la serie. Aventura, historia, fantasía, misterio, fascinación constante… y sin episodios de relleno. La aventura total que te atrapa sin remedio.

ARCADIA 4 – Space Adventure Cobra: la aventura por la aventura

Donde Ulises 31 es solemne, Cobra es deliciosamente descarada.

El manga de Buichi Terasawa comenzó en 1978 y la serie televisiva llegó en 1982, producida por Tokyo Movie Shinsha y compuesta por 31 episodios.

Cobra es un personaje inconfundible. Más que inspirado en el actor Jean-Paul Belmondo —de quien Terasawa era muy fan—, rubio, insolente, indestructible, mujeriego, divertido y armado con una pistola psiónica integrada en el brazo izquierdo, se mueve por el espacio como si el universo entero fuera una combinación de saloon, casino, planeta exótico y road movie interestelar. La serie no intenta construir una ciencia ficción científicamente plausible, sino una esencialmente imaginativa.

Hay piratas espaciales, monstruos, civilizaciones imposibles, androides, mafias interplanetarias y planetas que parecen diseñados por alguien que no conocía la palabra «moderación»… pero siempre con una extraordinaria coherencia estética.

Entronca con una tradición pulp que entiende la aventura como un placer en sí mismo, sin necesidad de enrevesadas coartadas. Y no todo tiene que conducir a una gran reflexión. A veces bastan una nave, una pistola, un enemigo formidable y la certeza de que el protagonista va a meterse en problemas —y encima está encantado de sumergirse en descacharrantes berenjenales—.

La más hedonista de nuestras seis arcadias. Muy divertida. Con vivos colores, diseños que habrían hecho las delicias aerográficas de Hajime Sorayama y con un aire futurista y positivo como solo en los 80 se supo mostrar —y que tantísimo se echa de menos hoy en día, con tanta distopía que nos rodea—.

Space Adventure Cobra es, además de muy recomendable, absolutamente necesaria para permear el cerebro de una muy higiénica evasión inteligente, la cual habría alcanzado un paroxismo insuperable si hubiera tenido un crossover —tan improbable como fascinante— con el cómic de space opera Valerian, del guionista Pierre Christin y el dibujante Jean-Claude Mézières.

ARCADIA 5 – Sherlock Holmes: steampunk y encanto superlativos

Producción ítalo-japonesa de Tokyo Movie Shinsha y RAI, emitida entre 1984 y 1985 y compuesta por 26 episodios. Seis de ellos fueron dirigidos por el gran Hayao Miyazaki antes de que otros compromisos y problemas relacionados con los derechos de Conan Doyle llevaran a que el resto fuera dirigido por Kyosuke Mikuriya.

En una Inglaterra victoriana steampunk avant la lettre, poblada de locomotoras imposibles, máquinas voladoras, autómatas, inventos mecánicos y persecuciones que parecen diseñadas por un ingeniero que hubiese leído demasiadas novelas de Julio Verne y H. G. Wells, todos los personajes están representados por diferentes razas de perros. Esta cualidad antropomórfica, lejos de convertirse en un estorbo, realza y contrasta de perlas un elegantísimo mundo donde las máquinas forman parte de la aventura. Así, los mecanismos tienen peso, ruido, humo y presencia física —algo que será una constante en la obra posterior de Miyazaki—.

Y el humor. Y las deliciosas y delirantes persecuciones. Y el increíble sentido del ritmo que tiene todo… Cada episodio es puro deleite con la coartada del personaje de Arthur Conan Doyle —a quien estoy seguro de que le habría encantado haber visto a su personaje estrella convertido en un sabueso de sabuesos—.

Una Arcadia muy luminosa cuyo visionado se antoja del todo imprescindible. Ideal para fans desprejuiciados del gran detective de Baker Street y para el que disfrute de series bien contadas y mejor resueltas.

ARCADIA 6 – Jayce y los guerreros con ruedas: movimiento constante

«Traducida» al francés como Jayce et les Conquérants de la Lumière —Jayce y los conquistadores de la luz—, esta serie apareció en 1985, alcanzando los 65 episodios. Fue desarrollada alrededor de una producción franco-estadounidense-canadiense vinculada a DIC, con animación realizada en Japón.

Quizás la Arcadia más peculiar del grupo. Una búsqueda constante: Jayce tiene como misión vital encontrar a su padre, Audric, un brillante científico y biólogo empeñado en hacer desaparecer el hambre a escala universal mediante la creación de una planta capaz de adaptarse a cualquier entorno. El día que está a punto de conseguirlo, una misteriosa luz negra muta la planta que iba a ser la panacea, convirtiéndola en un virus mutagénico que transforma las plantas en fascinantes engendros biomecánicos.

Como mínimo, es un punto de partida extraño, ¿verdad? Lo increíble es que funciona, porque toda la serie está bañada en una solución compuesta por movimiento y más movimiento, y un enorme catálogo de vehículos, naves, carreteras, planetas… con más persecuciones que en cualquier película de Mad Max y un catálogo de transformaciones. El viaje nunca se detiene y transcurre en un contexto altamente imaginativo, con una libertad tan desprejuiciada como inexistente en las series de hoy en día.

Y claro que se toma libertades, muchas. Pero no necesita que todo tenga que encajar a la perfección, no necesita explicarlo todo de manera fehaciente. Es la aventura por la aventura, y si te adentras en ella la recompensa es grande: un buen puñado de horas soñando despierto en exóticos mundos tan extraños como disfrutables.

En resumen…

Seis series, una misma filosofía. ¿Qué tienen en común estas obras? A primera vista, muy poco. Pero basta adentrarse en ellas para que aparezcan conexiones.

Todas presentan espacios amplios: el cosmos de Ulises 31. La inmensidad espacial de Cobra. La galaxia de Harlock. Los océanos, selvas, ruinas y artefactos de Las misteriosas ciudades de oro. Los alienígenas mundos de Jayce. La gloriosa Inglaterra steampunk de Sherlock Holmes.

En todas ellas existe la sensación de que detrás del escenario visible hay algo más. Y eso tiene una importancia capital: el mundo no está cerrado ni está completamente explicado. No conocemos todas sus reglas. No sabemos qué habrá después de la próxima montaña, del próximo planeta o del próximo túnel.

Hoy estamos demasiado acostumbrados a universos audiovisuales extraordinariamente documentados, como, por ejemplo, sucede con Star Wars. Wikis, cronologías, mapas, árboles genealógicos, explicaciones de continuidad, vídeos de análisis y comunidades capaces de discutir durante horas sobre un detalle que aparece durante cuatro segundos… todo el lore y folklore que te puedas imaginar, en una sobreabundancia de data que lo explica todo con infinita redundancia.

Pero aquellas series funcionaban de otra manera: dejaban huecos. Y la imaginación los rellenaba. Por eso han envejecido tan bien. Frente a la explicación, evocación. Frente a no dejar ni un solo cabo suelto, permitir que el espectador complete lo que esté viendo, apelando a su imaginación. No hay respuestas inmediatas y rotundas. Sí fascinación. Y ese combustible alimenta como ningún otro al cerebro.

Y, qué duda cabe, aquello era especialmente poderoso para un niño, porque la experiencia de mirar una serie no terminaba cuando acababa el episodio. Continuaba en los dibujos que hacía, en sus juegos, conversaciones… formaba parte intrínseca de su cosmovisión vital.

Hay una diferencia fundamental entre aquella experiencia y la actual. Entonces no podíamos buscar inmediatamente quién había diseñado una nave, ni comprobar dónde se había producido una serie. Tampoco podíamos ver veinte capturas de pantalla del episodio. Ni teníamos acceso a la banda sonora en treinta segundos. Y mucho menos contemplar toda la serie de una sentada. Había que esperar, recordar e imaginar.

Por eso aquellos mundos adquirían una dimensión tan enorme. El episodio terminaba, pero el universo continuaba. La Arcadia seguía navegando. Ulises, Cobra, Esteban, Jayce y Holmes seguían metidos en mil fregados en el espacio asignado en nuestra imaginación. Y eso en modo alguno era una carencia. Estas seis obras, pese a pertenecer a unos vectores cronológicos y sociales muy concretos, muy de su época, parecen haberse escapado de ella. Su lenguaje gráfico no será tan sofisticado como el actual ecosistema de resolución 4K, pero, si está bien diseñado —algo que sucede en las seis series mencionadas—, no envejece nunca, porque es intrínsecamente coherente, y más si su diseño atiende a parámetros de coherencia y proporcionalidad —violaciones de las leyes físicas mediante—.

Conclusión final – el porqué del bienestar de regresar a esas Arcadias

Vivimos en una época saturada de estímulos, con notificaciones, avisos, pantallas, actualizaciones… vampiros modernos que se alimentan de la valiosísima sangre que es nuestra atención.

Y estas series no nos exigían nuestra constante participación. Claro que nos interpelaban y, naturalmente, resonábamos ante sus contenidos, pero su ritmo nos permitía respirar a nivel mental. No nos consumían todo el ancho de banda de nuestra atención, nos daban tiempo para pensar, para reposar lo visionado, para reimaginarlo y evocarlo. Ahí radica su inmenso poder. Contaban una historia, y ya está; el resto corría de parte del espectador. Sin necesidad alguna de tener que plasmar un «me gusta» o un «no me gusta» en ningún sitio, sin algoritmos que intentan descifrar qué nos gusta para ofrecernos una y otra vez lo mismo. Y eso es algo muy reparador y desestresante.

Existe una interpretación muy pobre de la nostalgia según la cual recordar con cariño determinadas obras implica creer que el pasado fue mejor, y esto no es del todo verdad. La nostalgia puede ser mucho más interesante. Podemos rendir culto a una obra de nuestra infancia y ser perfectamente conscientes de sus defectos y limitaciones, porque cuando regresamos a ella estamos regresando a la relación que tuvimos cuando la disfrutamos por primera vez.

Quizá por eso estas series producen bienestar incluso cuando las vemos décadas después y descubrimos cosas que de niños no podíamos percibir.

El recuerdo no queda destruido, sino enriquecido. Ahora apreciamos completamente la melancolía de Harlock, la fuerza tranquila de Ulises, la belleza de la preservación de paraísos perdidos en Las misteriosas ciudades de oro… regresamos con el espíritu de cuando éramos niños y con el enfoque adulto, que le añade a todo una interesantísima capa adicional de profundidad, contraste y mayor deleite. Somos espectadores más completos y sabemos que nunca nos equivocamos con esas maravillas que nos fascinarían para siempre.

Algunos lugares de nuestra imaginación no caducan nunca. Por eso estas series han envejecido tan bien: porque nunca han dejado de estar vivas y porque mantienen intacto su sentido de la maravilla.

Poder disfrutar de eso en la etapa adulta es una de las mejores maneras de detener un poco el avance del dios más temible de todo el Olimpo. Y no, no me refiero a Zeus y a su postureo, sino a Cronos, el Galactus más implacable de todos.

«Reculer pour mieux sauter», afirma un viejo dicho francés. «Retroceder para saltar mejor». Por eso revisito estas Arcadias sin parar. La nostalgia no es una muleta, sino una plataforma de despegue.

Que cada lector de estas líneas pueda revisitarlas siempre.

David Cortabarria Arregui

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